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Polémica

El primer gobierno aprista bajo una mala lupa

Por Hugo Vallenas

Comentarios al libro de Carlos Reyna, «La anunciación de Fujimori. Alan García 1985-1990» (Desco, Lima, mayo 2000).

Coincide con el retorno de Alan García la presencia en las librerías de un libro que pretende ser un análisis serio de lo que fue el gobierno aprista de 1985-1990. Nos referimos al libro del sociólogo Carlos Reyna, La anunciación de Fujimori. Alan García 1985-1990 (Desco, Lima, mayo 2000), que a continuación comentaremos.

Un título que ladra pero no muerde

Comentemos en primer término que el título «La anunciación de Fujimori. Alan García 1985-1990» llama a engaño. El libro no expone ni mucho menos demuestra imbricación alguna entre «alanismo» y «fujimorismo», salvo en atribuir a todos los presidentes y jefes políticos peruanos un «liderazgo personalista» que, según indica Reyna, «García no jugó (...) por su única voluntad e interés», ya que «él comenzó y culminó su ascenso a la presidencia en el contexto del presidencialismo, caudillismo y extremado centralismo político que ya formaban parte de la cultura política del país» (p. 262-263). Un argumento de perogrullo que no demuestra nada. Por lo visto, el título del libro no tiene otro propósito que atraer compradores.

 

Pero el título no sólo carece de sustento respecto al desarrollo de la obra: incluso está en total contradicción. Al final pretende librar al ex presidente García de cualquier responsabilidad política –que el propio García no elude– en un mar de justificaciones macrohistóricas que finalmente dan lugar a un balance benévolo. Más benévolo que el realizado por los propios apristas. Dice Reyna en sus conclusiones que «no es (justa) aquella idea corriente que presenta a Alan García como el único responsable del colapso en que quedó el país» en 1990. Agrega que García corrió el riesgo de «terminar cargando con el monopolio de la culpa» y «después sólo cosechó las consecuencias». Apunta finalmente que «el recurso del chivo expiatorio no explica ni enseña nada» (p. 262).

 

Por consiguiente, nadie se sienta agredido por este libro sin haberlo leído siquiera. Este libro no llega a ser un examen político. Es apenas un recuento cronológico –una versión en prosa libre de los recordados volúmenes de Cronología política de Desco que dirigiera Henry Pease– donde con gran gentileza el autor lamenta que hasta ahora García y su gobierno «han sido más objetos de condena que de análisis» (p. 11).

 

Entre la miopía y la ceguera

 

No obstante la poca altura que el autor quiere dar a sus opiniones, la mayoría de ellas pecan de confusión o inexactitud. Es singularmente pobre su definición de la «tradición personalista» en la política peruana, ya que la implícita connotación de autoritarismo sugerida en dicha tesis no es desarrollada ni particularizada.

 

Cuando Reyna define que «Alan García (...) fue un caudillo partidario y programático, a veces de izquierda y a veces de centro»; que «Fernando Belaunde (...) encarnó una versión centrista, no programática, de Haya de la Torre»; que «Mario Vargas Llosa (...) vino a ser una variante ilustrada, programática, derechista y no partidaria del caudillismo modernizado»; y que «Alfonso Barrantes (...) protagonizó una versión de centro izquierda» de un «caudillo abúlico (...) no partidario, no programático y no dogmático (p. 263-264), lo que en un inicio parecía apuntar a un análisis de las relaciones de poder en la sociedad y en sus expresiones políticas, concluye en una superficial semblanza periodística.

 

Al confundir liderazgo y jefatura política con caudillismo, todo el análisis se diluye en torno al mínimo común denominador. ¿Fue el breve «caudillismo» de Mario Vargas Llosa al frente del Movimiento Libertad entre 1987 y 1990 orgánicamente lo mismo que las casi cinco décadas de «caudillismo» de Belaunde en la jefatura del partido Acción Popular, incluidos dos períodos de gobierno? ¿Es realmente serio afirmar que Belaunde es una «versión centrista de Haya de la Torre», equiparando la dimensión social del aprismo con la de un típico partido electoral tradicional? ¿Es lo mismo un «caudillismo» de «derecha» que un «caudillismo» de «izquierda»?

 

En su libro, Reyna asocia al «liderazgo personalista» de todos esos políticos a la supeditación a un contexto presidencialista y centralista. De este modo sólo complica las cosas, al no precisar la distinta implicancia para el análisis de aquellos casos de explícita y enfática vocación presidencialista y centralista. Los problemas de fondo son disueltos en la inercia de la «tradición». Parece que en el fondo Reyna sólo objetara a los líderes nombrados su celo protagónico o que anhelara una política partidista sin personajes prominentes.

 

De ahí en adelante, todo el recuento de los cinco años de gobierno aprista discurre en el libro de Carlos Reyna de manera anecdótica, con el presidente García en primer plano maniobrando sin éxito ante obstáculos de todas maneras insuperables y teniendo como única motivación la búsqueda del aplauso. Así, por ejemplo, la dramática hiperinflación «fue el precio que García y Vásquez Bazán –ministro de Economía entre 1989 y 1990– le hicieron pagar al país por eludir los ajustes que debieron haber hecho antes pero no aplicaron porque su prioridad fue evitar un mayor desgaste del liderazgo personalista del presidente» (p. 190). Es una observación tan pobre de miras que llama a compadecernos del autor del libro. Una vez más, todos los hechos se ordenan y giran en torno al «caudillismo», no sólo de García sino de cualquier líder. ¿Pretende acaso decir Carlos Reyna que un presidente de perfil bajo, distribuidor de responsabilidades, con rasgos sicológicos opacos y sin habilidades oratorias –como fue el caso de Fujimori– sería más democrático?

 

Por otro lado, el libro de Carlos Reyna atribuye al liderazgo de Alan García en el aprismo y a las ideas que vertiera en su libro El futuro diferente (1982) la función de «reubicar definitivamente al partido aprista en una posición de centro izquierda» (p. 21) y marcar «el reencuentro de la ideología aprista con el lenguaje marxista original del aprismo» (p. 32). Esta afirmación desmesura la figura histórica de García e insinúa que el aprismo se mantuvo hasta 1980 en una orientación cuasi-conservadora, dejando de lado el gran esfuerzo desplegado por el propio Haya de la Torre desde 1972, con la reedición de El antiimperialismo y el APRA, a la que acompañó toda una campaña de reencuentro del PAP con sus raíces radicales. Alan García y sus más cercanos colaboradores son el resultado de ese proceso. García aporta, quizás, una mayor permeabilidad hacia la socialdemocracia y una aproximación intelectual hacia la intelectualidad velasquista ("Socialismo y Participación") y la intelectualidad de las ONG vinculadas a Izquierda Unida (como Desco), pero sin que esto signifique amalgama, viraje o cambio alguno en el PAP. Presentar a García como el gran reorientador y redefinidor del aprismo, como lo hace Reyna, es algo que no se le había ocurrido hasta ahora ni al alanista más recalcitrante.

 

Más allá de estos temas no hay nada más que objetar al libro porque tampoco prosigue el análisis, limitándose a recopilar información. Ya que Carlos Reyna no nos ofrece nada más, pidamos a quien tituló su libro en las oficinas de Desco que amplíe en algún papel la tesis sobre «García anticipador de Fujimori» con el fin de permitir una discusión más interesante y útil.