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Cuarenta años perseguido, refugiado o desterrado
por luchar por la unidad de
América Latina; por vislumbrar un Perú mestizo, moderno,
descentralista y democrático. |
Discurso de
Carlos Espá al recibir el primer premio del concurso sobre la vida y
obra del maestro Victor Raúl de manos del presidente del Instituto
Victor Raul Haya de la Torre, Luis Alva Castro.
De
cuando en cuando uno se pregunta ¿cuál es el don que un ser humano posee
que le otorga la capacidad de apropiarse del corazón de un pueblo?; ¿inspirar
a un pueblo, elevándolo y rescatándolo de su horizonte inmediato? ; ¿secuestrar
la imaginación de un pueblo durante generaciones y generaciones y
cambiar profundamente no sólo la organización social de un país y, en
definitiva cuenta, el curso de su Historia, sino transformar de modo
irreversible el espejo en que ese país se ve a sí mismo?
Así como
Miguel Grau es el peruano del siglo 19, Haya de la Torre es el peruano
del siglo 20. ¿Qué don tienen en común ambos personajes? Podría ser el
don de la fragilidad: su fragilidad los hace grandes; su fragilidad
comparada con la desmesura de los adversarios a los que libre y
voluntariamente decidieron enfrentarse; lo poderoso del viento y la
marea a los que antepusieron simplemente la voluntad de su carácter, su
visión terca de que ciertos valores altos y nobles permiten a un pueblo
triunfar aún en medio de la derrota, mantener la certeza en medio de la
bruma , el perdón en medio de la traición, la frente en alto en medio de
la pobreza, cultivar la fraternidad y la disciplina basados en el
convencimiento de pertenecer a algo trascendente y superior por lo que
bien vale la pena vivir y morir.
Cada
vez que el pequeño Monitor Huáscar al mando de Grau surcaba el Pacífico
Sur, la esperanza para el Perú de una victoria en la guerra se mantenía
incólume. No importaba que el Huáscar contara apenas con dos cañoncitos
de escasa envergadura y otros dos más pequeños aún.
No importaba tampoco que al frente suyo tuviera una Escuadra enemiga
compuesta de dos modernos acorazados, el Cochrane y el Blanco
Encalada, dos corbetas, la O’Higgins y la Chacabuco,
cuatro buques, la Esmeralda, la Covadonga, el
Magallanes y el Abtao, además de varias embarcaciones
artilladas. No importaba porque, cada vez que Grau se hacía a la mar,
cada vez que Miguel Grau dominaba el Pacífico como en efecto lo hizo
entre el 5 de abril de 1879 y el 8 de octubre del mismo año, la causa
del Perú no podía estar perdida.
Lo mismo podemos decir de la causa de la libertad a lo largo de gran
parte del siglo 20. “Cada vez que Haya de la Torre estuvo libre, el Perú
tuvo democracia. Cada vez que Haya de la Torre estuvo perseguido,
refugiado o desterrado, el Perú padeció una dictadura”.
La
frase pertenece a Enrique Chirinos Soto. Es una frase certera; es una
frase exacta que nos permite dimensionar cuánto se ofendió a la nación
peruana, a sus derechos a la libertad y la justicia, durante el siglo
20. Cada vez que Haya de la Torre estuvo libre, el Perú tuvo democracia.
Cada vez que Haya de la Torre estuvo perseguido, refugiado o desterrado,
el Perú padeció una dictadura.
Haya de la Torre estuvo preso en la isla penal San Lorenzo en 1923. En
octubre de ese año es deportado. Su destierro duraría 8 años. Regresa al
Perú en 1931 y al año siguiente es nuevamente encarcelado. Entre 1934 y
1945 es la Larga Clandestinidad: son 10 años y medio más.
Tres años después, otra vez se decreta su ilegalidad la cual dura hasta
1956: es decir 8 años más incluyendo los 5 años y 3 meses en que Haya de
la Torre estuvo recluido en la Embajada de Colombia. En 1968 es el golpe
de Velasco diseñado contra Haya de la Torre: 12 años más de proscripción
política.
De manera que Haya de la Torre estuvo perseguido, refugiado o
desterrado 40 años de su vida. 40 años por luchar por la unidad de
América Latina; por vislumbrar un Perú mestizo, moderno, descentralista
y democrático. 40 años por exigir elecciones limpias y justas a fin de
que la mayoría del pueblo pudiese expresar libre y soberanamente su
voluntad.
Haya
de la Torre tuvo que hacer frente a todos los poderes cuando éstos se
hallaban en el punto más alto de su capacidad impositiva y represora: a
la oligarquía, al militarismo, al comunismo. Cuán extraña y paradójica
alianza aquella construida sobre los escombros del civilismo. Una
alianza para erigir a Prado Presidente en 1939 y, de paso, consagrarlo
“El Stalin Peruano”. Una alianza para perpetrar el autogolpe que cerró
el Senado “por falta de quórum” en virtud de lo cual Bustamante acabó
legislando por decreto. Una alianza para aplaudir el veto de 1962.
Una alianza para solazarse ante el golpe de 1968. Una alianza abortada,
al fin, gracias a la lucidez histórica de Luis Bedoya Reyes, quien
frustró la pretensión de impedir que Haya de la Torre asumiera la
Presidencia de la Asamblea Constituyente en 1978.
Por eso enfatizo el triunfo en medio de la aparente o inmediata derrota.
En todos los temas de fondo en los que polemizó, en todos los debates de
importancia en los intervino, Haya de la Torre tuvo razón.
Entre la visión excluyente, perennizadora de privilegios, la visión de
un Perú hispanista y europeizado y la visión utópica y hasta cierto
punto atávica de un Perú indigenista y andinizado, Haya de la Torre tuvo
la visión incluyente de un Perú mestizo; doblemente mestizo, dicho sea
de paso, pues el mestizaje que vino con la evangelización fue antecedido
por el mestizaje emprendido por los Incas en su propio espacio
civilizatorio.
¿Qué
quedó de aquellas visiones hispanista e indigenista que con tanto
apasionamiento abrazaron ciertos intelectuales?
Nada.
En el campo allende las ciudades, en nuestras zonas rurales, a la
visión de un Perú agrarista y resentido, de mirada añorante anclada en
el pasado, Haya de la Torre antepuso una visión tecnificada y
agroexportadora. Hoy ¿quién se atrevería a discutirla?
A
la visión monopolista de una clase obrera llamada, por sí y ante sí, a
conducir los cambios que la sociedad peruana reclamaba, Haya de la Torre
antepuso la visión abarcadora y democrática de un proyecto nacional en
el que todos los peruanos, intelectuales, empleados, industriales,
comerciantes, trabajadores, agricultores, campesinos, tenían un lugar.
A
la visión chauvinista y desconfiada del nacionalismo militarista, Haya
de la Torre antepuso la visión unionista y bolivariana de la integración
continental.
Se
adelantó por décadas a lo que hoy es la Unión Europea. Y, por ese pecado,
el pecado de ser un adelantado, la Constitución de 1933 lo proscribió
por liderar un partido de “organización internacional”.
En
1945, bajo la tesis del inter-americanismo democrático sin imperio, Haya
de la Torre planteó un acuerdo entre América Latina y los Estados Unidos.
Hoy, más de 60 años después, esa visión recién se vuelve
realidad en los Tratados de Libre Comercio.
En el ámbito de
las relaciones internacionales, a la visión de un conflicto ineludible
entre Este-Oeste que consideraba al comunismo “un modo de producción
alternativo e inexpugnable” frente al capitalismo, Haya de la Torre
antepuso la visión de un mundo interdependiente en la nueva era de la
tecnología y la mundialización de los procesos. Cómo no, Haya de la
Torre se adelantó a la globalización y predijo los procesos de la
perestroika en la Unión Soviética y de la China de Deng Tsiao Ping.
Pero,
sobre todas las cosas, a la visión de un Estado impávido y autista, del
Estado del laissez-faire del siglo 19, Haya de la Torre antepuso la
visión de un Estado proactivo, regulador y meritocrático y preconizó las
políticas económicas anticíclicas.
Es más, puso de ejemplos el New Deal de Franklin Roosevelt, primero, y
a los países de la Europa nórdica, más tarde. Hoy por hoy, ellos son
modelos de desarrollo humano, social y económico. ¿Alguien podría en
duda lo sensato de esta visión?
Y, sin
embargo, por estas ideas fue condenado.
Haya de la Torre no fue Presidente del Perú en 1931 por el fraude. No
fue Presidente en 1936 por el veto. No fue Presidente en 1939 por el
veto y el fraude. No fue Presidente en 1945 por el veto. No fue
Presidente en 1962 por el veto.
Por eso resulta asombroso su discurso del 4 de julio de 1962, apenas
unos cuantos días antes de que el presidente Prado fuera depuesto.
En aquel discurso, el Discurso del Veto, la figura de Haya de la
Torre se engrandece al nivel máximo debido a su sabiduría, a su
profundidad, a su pedagógica elocuencia democrática y, sobre todas las
cosas, debido a su estatura moral y espiritual. Este hombre, tantas
veces ofendido como el Perú, tantas veces violentado en sus derechos
como el Perú, tantas veces injuriado y calumniado como el Perú, este
hombre a quien, a sus 67 años, se le volvía a negar autocráticamente el
derecho de ejercer la primera magistratura de la Nación, no tiene en el
Discurso del Veto un solo adjetivo, un solo vocablo que pudiera
parecer altisonante o lastimero. Todo lo contrario. Se trata de una
lección de vida como pocas se ha visto a lo largo de nuestra existencia
republicana.
Ante el agravio, ante la burda maniobra del adversario de aquella
infausta hora, del falso demócrata que corre diligente a tocar la puerta
de los cuarteles, ante el veto sáurico de la cúpula militar, Haya de la
Torre responde: “No pretendo, ciertamente, en forma alguna lucrar
políticamente con esta crítica situación que, sin duda alguna, me
favorece grandemente. Dejo antes bien esos fallos a la Historia.
Siempre he dicho que la única vanidad o el único personalismo que me ha
animado en la vida es tener una biografía completa cuando ya no pueda
sentir los halagos de la vanidad…
A mí me
alienta y me inspira una sola aspiración: la Historia. Y yo sé que este
momento y que esta situación es una entrega que la Historia me hace. No
quiero, empero, aprovecharme de ella. Deseo, más bien, que laboremos,
que construyamos, que sigamos adelante, porque hay que hacer Historia
haciendo el Perú.”.
Y en
otro pasaje de aquel memorable discurso, pronunciado en medio de tan
dramáticas circunstancias, de tan patente injusticia, en las que muchos
otros podrían haberse sentido tentados a iniciar una algarada, una
revuelta, una movilización de protesta de consecuencias imprevisibles,
Haya de la Torre conmina a los compañeros: “Para las ofensas despiadadas,
tremendas, no tengo memoria: que la Historia del Perú no es una
excepción… El Perú ha vivido profundas crisis desde su independencia y
lo han dividido los odios y lo han desangrado las contiendas más
terribles. La
Historia del Perú está así llena de esas tragedias… No se puede vivir
del odio, no se puede vivir de la venganza, no de puede vivir de
memorias, cuando ante todo y sobre todo está el destino y los designios
de la patria”.
Agradezco
la distinción que un jurado tan ilustre me ha conferido. Felicito al
Instituto Haya de la Torre por la encomiable, larga y paciente labor de
mantener vivo el pensamiento de Haya de la Torre a través de sus
publicaciones y conferencias.
Hay mucho por estudiar, profundizar y desarrollar en el
legado intelectual de Haya de la Torre.
En su discurso inaugural como Presidente de la Asamblea Constituyente,
Haya de la Torre exclamó emocionado: «Recuerdo y rindo homenaje a los
héroes anónimos de la clandestinidad y la persecución.
A los
que resistieron, estoicos, largos años de cárcel y torturas. A los que
padecieron la estrechez y la angustia del destierro. A los que
mantuvieron, bajo tiranías y dictaduras, viva y alta la esperanza de un
Perú libre, justo y culto».
Esa
debe ser nuestra consigna: “Un Perú libre, justo y culto”.
Muchas
gracias.
Lima, 30
de Abril del 2010.
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